17 mar. 2012

El polvorín hamburgués

Gabinete de crisis. El pasado jueves el club y los capitanes del equipo mantuvieron una extensa reunión con el Hamburger supporters club – homologable a las agrupaciones de peñas españolas – donde pidieron apoyo incondicional y sellaron las bases de una tregua. Durante meses las hostilidades de la grada hacia el equipo habían sido constantes e iban aumentando de intensidad a cada descalabro del HSV. Alcanzado un punto de encuentro tras el cónclave las discrepancias parecían haber llegado a su fin, acciones de animación, manifiestos de adhesión y todo tipo de parafernalia en busca de convertir el Imtech en un infierno para el rival empezaron a brotar por redes sociales y medios de comunicación, vistiendo de panfletos las paredes de los barrios fieles a la causa del diamante. Todo para salir de esta, decían.

Pero solo bastaron 20 minutos de encuentro – 1-3 ante el Freiburg – para que una paz sustentada con buenas palabras saltara por los aires. “Estamos hartos de esta mierda” empezó a resonar desde el Poptown con estridencia, “sois una vergüenza” entonaron los Chosen Few. Cuando el arbitro señaló el final del partido el arena apenas registraba media entrada, el público había empezado a abandonar las gradas a falta de media hora para el final del tiempo reglamentario. Incluso Dieter Matz , prestigioso columnista del Hamburger Abendblatt y significado desde el primer día con la actual cúpula dirigente no pudo evitar afirmar en su blog – desde el que opina con sorprendente celeridad tras finalizar cada partido con extensos artículos – que los insultos propinados al equipo por parte de los aficionados eran totalmente justificados. Los titulares de los medios de comunicación mueren agotados por el desgaste, el MOPO, el más visceral con la mala imagen del equipo, tituló con un rotundo “El HSV jugó como un equipo de segunda.”

Frank Arnesen , quien carga sobre sus espaldas el peso de la crisis desde que se inició a principios de temporada, en zona mixta se confesó con un lacónico: “los jugadores tienen miedo, todos estamos preocupados por la situación.” Tampoco ayuda Fink a que ni el mismisimo Uwe Seeler recupere el que hasta ahora parecía un optimismo recalcitrante, el entrenador – fichado del Basel en Enero – ha protagonizado en los últimos tiempos esperpentos dignos de mención. Hace tres semanas se quedó en blanco ante la pregunta de un periodista en sala de prensa, incapaz durante tres minutos de articular palabra, y en la última derrota en casa – anterior a la de hoy – con cabeza gacha y rostro colorado mantuvo un tono de voz casi imperceptible para el micrófono, situado a escasos centímetros de su boca, para despacharse con un triste “sabemos que vamos a pasarlo muy mal.”

Los malos augurios invaden hasta el último rincón de una ciudad hanseática que se va a la cama todos los días temiendo un descenso de categoría que en siglo y cuarto de historia jamás ha ocurrido, y todo en un ambiente de guerra civil que no ayuda a que unos jugadores de escasa experiencia en primera división puedan manejar una situación angustiosa.

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