28 dic. 2012

Seguir a Sylvie Van der Vaart

Viven en pleno centro de la ciudad, alejados de las urbanizaciones lujosas de las afueras, y a ella, se le suele ver comprando el pan y el diario de la mañana mientras regresa a casa tras dejar a su hijo en la escuela pública. El ático de 200 metros cuadrados en el que vive la pareja más famosa de Alemania no tiene demasiado de especial, "sólo somos una familia normal" afirma Sylvie ante el asombro de muchos por esa especie de huida del lujo que aparentan públicamente. Imposible decir lo contrario. Salvo sus costumbristas vacaciones en paraísos tropicales y la niñera que acompaña al pequeño desde que nació, no se distinguen demasiado de cualquier familia común. Ni siquiera acuden a las fiestas privadas más chic de la ciudad, pero si a centros comerciales, Mcdonalds y de vez en cuando colapsan alguna calle cuando la muchedumbre les pilla entrando en un cine para ver una película los tres juntos.

En esta relación el personaje con menor repercusión mediática es el futbolista. Rafael, en Alemania, es el marido de Sylvie. Y no traten de entenderlo, ella es la Lady Di germana. El pasado mes de septiembre ante el debut del jugador con el HSV las palabras de su mujer sobre su regreso a la Bundesliga y el estado de ánimo del futbolista para encarar el partido coparon las páginas deportivas de toda la prensa nacional. Ella protagonizaba el estreno de su marido en un partido de fútbol. Un sacrilegio teniendo en cuenta la estricta división informativa que viven los medios teutones, lo amarillo para los amarillos, lo sobrio y gris para los sobrios y grises diarios generalistas. Pero se trataba de Sylvie, la chicha que con su simple presencia dispara las audiencias, aumenta las ventas, y es capaz de congregar a 300 medios de comunicación por el simple hecho de ir a ver a su hijo jugar un partido de fútbol.

Y no es que Van der Vaart no tenga su mercado. En apenas dos meses tras su regreso se vendieron 20 mil camisetas con su nombre. Todo un récord. Pero se trata, como tituló Die Welt, de que “Sylvie le devuelve el glamour a Hamburgo”. Incluso la gala con la que se dio inicio a los actos del 125 aniversario de la fundación del HSV fue presentada por nuestra protagonista, que espectacularmente ataviada con un traje de color azul, encandiló a los más de 30 mil espectadores que se dieron cita en el Imtech Arena arrancándose incluso con el Hamburg meine perle, una canción bucólica que tras su composición fue adoptada como himno popular de la entidad.

Esa sencillez que transmiten es lo que más atrae al público alemán, imposible pues para el resto de mortales que no te caigan mal por esta sencilla representación de un cuento de hadas demasiado edulcorado. La actitud de Sylvie es tan anómala que ella, siendo top-model, no tiene ningún reparo en colgar fotos en su twitter recién levantada y desayunando en familia, o con los pelos de punta mientras un peluquero le pone los rulos con su rostro oculto tras algún potingue mágico, o te enseña la carta del menú esperando a su marido para cenar un miércoles por la noche en un restaurante cualquiera, y sin esperarlo, se saca en chándal celebrando el cumpleaños de su nanny. Seguirla por las redes sociales es como estar viendo un gran hermano fotograma a fotograma.

Lo mejor que le ha pasado en los últimos tres años al club es que el excéntrico millonario suizo, Klaus-Michael Kuehne, decidiera financiar los 13 millones que costaba el fichaje de Van der Vaart. Gracias a eso, la exposición mediática de la marca HSV se ha cuadruplicado a pesar de que los resultados deportivos siguen siendo mediocres, lo cual, tras perder 14 millones en dos años por la perdida de los bonus por rendimiento deportivo que otorga la liga llevará a la institución a tener que reducir su coste de plantilla y hacer un par de traspasos en enero para ajustar las cuentas y no entrar en riesgos innecesarios.

Una medida que no debe comportar demasiados traumas mientras Sylvie Van der Vaart siga casada con su jugador franquicia, puesto que las marcas ya se están dando codazos para asociarse al club del matrimonio feliz del Hamburgo. Una simple sonrisa de Sylvie, junto a una modosita petición de ayuda salida de sus labios, consiguió desbloquear y cerrar con éxito la venta de los bonos con los que la institución financiará su nueva ciudad deportiva. Y es que esta chica vale un tesoro.

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