24 mar. 2014

Luce el sol en Pittodrie Street

Si se recorre Pittodrie street dirección al estadio se corre el riesgo de ser abordado por una estridente canción noventera. 'Don't you want me' de los 'The Human League' no atronaba los altavoces británicos desde 1995, el mismo año en que el Aberdeen ganó su último título. El reciente éxito de los dons en la copa de la liga ha hecho que ese viejo hit musical de tiempos de hombreras y estampados coloristas vuelva a colarse entre el top-10 de las listas del Reino Unido. Y lo ha hecho por su profundo significado, o más bien, por el significado que le ha querido dar una hinchada que se ha reencontrado con la felicidad tras dos décadas de humillaciones. La letra nos habla de las vivencias de una camarera acostumbrada a las penurias hasta que un buen día decide romper con su triste presente para emprender una nueva vida en la que aprende a ser feliz. Una bonita metáfora que se ha convertido en el nuevo himno popular de un Aberdeen FC que se mira al espejo para reconocerse tras muchos años de misterios.

Más allá de la mística con la que se quiere envolver el resultado final en Celtic Park, éste, tiene mucho que ver con el trabajo de una banda de proscritos al servicio de un entrenador fracasado. El hombre que se esconde tras la copa se llama Derek McInnes y podía haber sido uno más del largo centenar de entrenadores escoceses que copan el cementerio del Championship inglés de no haber sido rescatado por Craig Brown, quien abandonó el banquillo don en marzo de 2013 para ocupar el puesto de Football Director, proponiendo el nombre de un aventajado técnico de la escuela del Rangers que había sido víctima de la esquizofrenia que se apoderó del ambicioso proyecto del Bristol City.

Ya desde su primer minuto en Pittodrie, McInnes, dejó patente la claridad de ideas que le caracteriza. «Había que reformar de arriba abajo el departamento de fútbol» dice, «nada más llegar al club entendí porqué nunca estábamos en la pelea. Y esto no es una crítica al pasado, es simplemente una realidad. Vi que el departamento ni estaba trabajando bien ni estaba poniendo toda su energía al servicio del equipo, corregimos eso y empezamos a darle al roster todo lo necesario». Durante los últimos 19 años la alargada sombra de Ferguson ha ido engullendo una interminable lista de técnicos que no han sabido sobrevivir a su legado, presentándose martilleante cual fantasma de castillo en los despachos de los managers aberdonians; sin embargo, el resurgir del gran cub del norte que muchos empiezan a intuir se cimienta precisamente sobre los métodos de un Ferggie que habló del United que encontró a finales de los ochenta del mismo modo que lo hacía McInnes del Aberdeen que le contrató en la primavera de 2013. «Es muy fácil culpar a los jugadores de no dar resultados, pero no tolero eso cuando es el club el que no está poniendo todo lo necesario al servicio de los muchachos para que puedan ganar el partido del sábado». En su presentación dejó patente que no había aterrizado en la entidad para pasar el rato: «Pertenezco a una generación que sabe de los éxitos del Aberdeen, vengo con la intención de poder repetirlos». Apenas le ha hecho falta un año para cumplir aquel órdago.

Pero, ¿de dónde sacó McInnes tantos motivos para la esperanza? «Dejamos salir a muchos jugadores y fichamos a cinco o seis caras nuevas. Teníamos la esperanza de poder conjuntar un grupo en poco tiempo. Durante la pretemporada hablé individual y colectivamente con los futbolistas y enseguida me di cuenta de la ambición que había, teníamos la base y el hambre necesario para hacer grandes cosas a poco que supiéramos darle consistencia al equipo. Todos los clubes hacen sus previsiones y hablan de sus posibilidades de ganar copas, pero para mí ha sido más importante construir un equipo regular en su rendimiento, ese fue el verdadero reto». En esta modelación de una nueva identidad el beneficiado ha sido el joven Peter Pawlet, un escurridizo centrocampista, más famoso por sus piscinazos que por su fútbol, que ha encontrado en su nueva posición de central el rol que necesitaba para destaparse como una de las mayores promesas del fútbol escocés. Sobre él y sobre Willo Flood - «es mi extensión en el campo», dice McInnes - gira la nueva hornada de talentos a orillas del river don. El ex del Dundee Utd tenía un pie y medio fuera del equipo cuando el viejo entrenador del St.Johnstone tomó el mando; apenas bastaron un par de charlas entre ambos para que Willo aceptara portar el estandarte de la nueva edad de oro del club norteño.

Pero entre managers reformistas y un grupo de jóvenes talentosos también hay espacio para las historias humanas. Uno de los héroes de la final disputada el pasado 16 de marzo es el portero del equipo, Jaime Langfield, un tipo de 34 años que posa feliz junto al trofeo para finiquitar con ese simple gesto aquellos años turbios en los que llegó a estar cara a cara con la misma muerte. Langfield sufrió en 2011 un ataque cerebral que le dejó pendiendo de un hilo; tras dos años de dura rehabilitación sus únicas pretensiones eran poder jugar de forma espontánea al fútbol en algún equipo de divisiones inferiores, «Para mí esto es algo increíble, estas cosas normalmente no suelen pasar, creo que tendré una sonrisa permanente en mi cara» dice mientras no se separa de la copa. No es para menos, tampoco su afianzamiento en el once fue fácil, su proceso de recuperación comportó fallos motrices que le llevaron a sospechar que nunca lo conseguiría.

Aunque Langfield no es el único desecho rehabilitado por McInnes. El capitán del equipo, Russell Anderson, a sus 35 años, se ha reencontrado en Pittodrie con su viejo 'yo'. Anderson formó parte del último gran Aberdeen que a principios de siglo perdió sendas finales ante Celtic y Rangers para marcharse al Championship inglés en busca de gloria y dinero. Tras sufrir varias lesiones de rodilla y llevar año y medio sin equipo recibió una llamada de McInnes para incorporarlo a su escuadrón de batalla. El viejo perro de presa luce nueva armadura en su segunda etapa y ya se ha convertido en todo un símbolo de este equipo. Al igual que Scot Vernon, un out-sider de la League One inglesa, donde ha militado en media docena de equipos sin demasiada suerte hasta encontrar en manos de McInnes su momento. «McInnes está tratando de construir algo grande en Aberdeen, todo el vestuario está con él, convencido de continuar a su lado, sabemos que si seguimos juntos un par de años más podemos lograr grandes cosas». Los rumores apremian y ya hay quien apunta que el futuro próximo de McInnes está en Ibrox Park, sobre todo si en mayo es capaz de ganarle la FA Cup a The NewCo; popularmente conocido como el nuevo Rangers.

Mientras 'Don't you want me' sigue martirizando los oídos de los británicos - no ha envejecido demasiado bien - hay un hombre feliz en todo este embrollo aberdonian que por fin puede salir a la calle para ser agasajado en lugar de recibir los habituales insultos. Stewart Milne es uno de esos millonarios que decidió adentrarse en el fútbol para rescatar de la ruina al Aberdeen. Aunque ya pocos lo recuerden, gracias a su dinero el club ha podido sobrevivir a su etapa más oscura, aquella que le llevó a ser colista de primera, salvándose de su único descenso en 100 años de historia gracias a una ampliación de la liga a 12 equipos. Durante demasiadas temporadas los hinchas del Aberdeen le han acusado de no hacer nada por resucitar la entidad y devolverle sus años de gloria a pesar de ser una de las mayores fortunas del Reino Unido. Ante esas acusaciones Milne siempre se ha defendido alegando cordura, «no se trata de dilapidar dinero, se trata de construir un proyecto sólido desde la base». Le ha costado ocho años y la desaparición del Rangers conseguirlo, pero no se le puede negar que su paciencia está dando sus primeros frutos. Ahora, tras muchos problemas, parece que el club lo tiene todo de cara para irrumpir con fuerza en la élite. Aquellos años 90 de depresión, que llevó a la región a tasas de paro del 50% tras la reforma industrial que acabó con una economía basada en la minería y la industria ballenera, arrastrando con ello al club de fútbol, han dejado paso a una ciudad que se ha convertido en la capital europea del petróleo.

Con la copa de la liga en sus vitrinas y el subcampeonato de liga prácticamente asegurado, el nuevo reto de este Aberdeen ganador es levantar la Copa de Escocia. Cabrá esperar a ver el papel del equipo de McInnes durante la próxima temporada, y sobre todo, qué papel jugará si el regreso del Rangers a primera se produce en los plazos previstos. Aunque hay voces que no auguran un futuro prometedor a The NewCo en la Premier. El empecinamiento de la nueva empresa por continuar siendo el Rangers aún jugando en tercera le ha llevado a acumular deudas y problemas financieros que hace pensar a muchos analistas que el club tendrá tantos problemas una vez regrese a primera división que su economía se verá tan lastrada - el fantasma de caer en  administración planea sobre Ibrox - que no tendrá la capacidad financiera suficiente para luchar por el título. Mientras eso llega, y aprovechando el tirón del éxito reciente, McInnes se verá con fuerzas para seguir exigiendo mejoras, como conseguir tener una ciudad deportiva propia - algo de lo que carece el club -, Milne, con los 40 mil aberdonians que se dieron cita en Celtic Park podrá retomar su viejo sueño de construir un nuevo estadio que ayude a reactivar las ansias de gloria del club. Y los hinchas, mientras entonan el 'Don't you want me' siguen tan optimistas como siempre; como aquel verano en el que impulsaron una campaña a nivel nacional para instar a los clubes a llenar sus estadios a modo de acallar las voces que auguraron que la Scott Premier League estaba muerta tras la desaparición del Rangers. Y puede que haya muerto, pero sobre su cadáver se levanta un nuevo Aberdeen que va a por todas.

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